Cuando un mulo sea rey de los medos

Escribió Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido, que el ser humano esa esa criatura que inventó las cámaras de gas, pero también la que entró en ellas con paso firme musitando una oración. Somos capaces de lo más bajo y de lo más alto y siempre decidimos lo que queremos ser.

Esas palabras de Frankl se me vinieron a la cabeza mientras veía emocionado las fotos y los videos que se iban publicando de la misión Artemis II, y al mismo tiempo, el pederasta zafio y cobarde que lidera el Gobierno Epstein en Estados Unidos amenazaba con exterminar a toda una civilización en una noche.

En simultáneo podíamos ver a la inteligencia humando logrando una de sus grandes hazañas, llegando a donde nunca había llegado antes mientras daba muestras extraordinarias de valor, colaboración, belleza (imágenes prodigiosas, sí, pero también el abrazo grupal y las lágrimas al decidir nombrar uno de los cráteres de la Luna en honor de la esposa fallecida del comandante de la misión), e incluso de publicidad sideral no pagada (el precio de las acciones de Nutella debe estar fuera de este mundo), mientras veíamos también a la estupidez y la crueldad invocando a la muerte, al emperador demente de un imperio en decadencia llamando a la destrucción de una cultura más antigua que la suya. Desde la comodidad de sus salones de dorado mal gusto y lobería rampante, lejos del olor de la carne quemada y los miembros mutilados, del sonido del pavor, camuflando su comprobada cobardía personal con la retórica agresiva del conquistador, soñaba con enviar sus bombas apocalípticas para borrar del mapa y del porvenir a Irán.

Con la misma tecnología nos propulsamos hacia la Luna y enviamos misiles mortales; nos impulsamos hacia lo desconocido para ampliar las fronteras de nuestro conocimiento y nos lanzamos hacia la guerra, hacia esa fuerza que es ignorancia enmascarada.

Como esas estatuas cuya cara está dividida entre Buda y Mara, somos luz y penumbra. Quizás la historia pueda darnos un ejemplo para ayudarnos a elegir lo que debemos ser. También podría ser una advertencia para el Orange Führer, pero para eso se necesitaría ser capaz de leer.

En Viajes con Heródoto, Kapuscinski dice que en sus travesías siempre llevaba los Nueve libros de la historia para distraerse, pero, inevitablemente, terminaba relacionando la lectura con la actualidad, con los acontecimientos fuera de la página. En este momento sucede algo similar.

Es precisamente en el libro del historiador griego donde se cuenta la historia de Creso, rey de Lidia, que indeciso sobre si debía atacar a los persas comandados por Ciro, consultó a los oráculos de Delfos y Anfiarao acerca de la posibilidad de juntar a su ejército y buscar aliados para comenzar la guerra.

Heródoto relata que ambos oráculos «convinieron en una misma respuesta, prediciendo a Creso que si emprendía la guerra contra los persas destruiría un gran imperio». La respuesta entusiasmó a Creso y con fervor se dirigió a Persia. Hoy sabemos a lo que se refería la críptica respuesta de los oráculos: el imperio destruido no fue el de Ciro, fue el de Creso.

Se me ocurre que es mejor ir hacia las estrellas que llenar de sangre las cunetas.



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