Hacer ventanas

Cuando estoy triste trato de verme con los ojos de mis amigos. Ver el potencial que ellas y ellos ven, y no el vacío oscuro en mi pecho que se alimenta de inseguridades, síndrome del impostor y falta de autoestima. Y aunque buena parte del tiempo no entiendo la vida y sus propósitos, y me parece que amanecer vivo es una exageración, es por los amigos que a menudo uno es capaz de seguir viviendo. Es por las conversaciones, las borracheras, las canciones, las lágrimas. Y por la risa, ese estado de gracia que suspende por un momento el agobio y la muerte.

El amor de los amigos es un refugio. Es una salvación. Escribió Rumi que «si la casa del mundo está oscura, el amor encontrará la forma de hacer ventanas». Cuántas veces son los amigos quienes abren ventanas para hacer entrar la luz, para dar perspectiva, para poder respirar, para agarrarlo a uno del cuello de la camisa si es lo suficientemente bruto como para creer que esas ventanas son para saltar. Sin saberlo, a veces nos rescatan del acecho y la mordida del perro negro con una llamada, una visita, un mensaje cualquiera que logra disolver los pensamientos más sombríos.

«Pero hay un amor personal y humano que es puro y que encierra un presentimiento y un reflejo del amor divino. Es la amistad», escribió Simone Weil. Si los milagros existen, la amistad debe ser uno de ellos. Debe ser un milagro que personas tan distintas puedan quererse tanto. Debe ser un milagro encontrar gente dispuesta a soportarle a uno la tristeza, las obsesiones y las historias tanto como a joder la vida y perder el tiempo y reírse de tonterías; encontrar a alguien que comprende por qué estás deprimido cuando estás deprimido y por qué estás feliz cuando estás feliz, por qué esa canción te hace llorar o bailar o cantar con tu pésima voz, por qué una película es tan importante para ti o un libro es parte de tu alma, por qué algo te duele o te conmueve o te emociona. Milagro debe ser, además, seguir encontrando a esa gente mucho después de la niñez y la juventud, cuando ya estamos inmersos en la carrera de ratas, en la competitividad de un juego económico con dados cargados que nos rompe y nos agota, que es capaz de robarnos la alegría. Se siente milagroso que ese tipo de amor nos haya sido dado y nos permita soportar la existencia, enriquecerla, endulzarla, engrandecerla. Y con cada señal de hastío y decadencia, con cada nuevo saludo de la vejez, las amigas y los amigos se vuelven más importantes. Imprescindibles. El espinazo de la soledad se quiebra, una y otra vez, gracias a los amigos.

A Roberto 'El Negro' Fontanarrosa le preguntaron alguna vez cuál deseo tenía para su hijo y él respondió que deseaba que los amigos se pusieran felices cuando lo vieran venir. Mi vida estará bien vivida si mis amigos se alegran cuando me vean venir. Si logro hacer ventanas para ellos.

Ilustración de Shokar

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