Fe
Estoy pensando en las formas exteriores de la fe. O de la religión, mejor dicho. En los rituales que dan forma al tiempo y a las creencias, y son importantes para crear lazos entre la gente, pero que también sirven para disfrazar el corazón y esconder la mala leche, esos ritos de los hipócritas orando en público y maldiciendo en secreto.
La fe debería nutrir nuestros pensamientos, palabras y acciones, y estos deberían contribuir a la libertad y la felicidad de todos, a disminuir el sufrimiento en lugar de aumentarlo. Desafortunadamente, lo que vemos más a menudo es todo lo contrario: la fe usada como arma, el amok en lugar del amor. La Biblia como cargador del rifle de asalto, el Corán como explosivo, la Torá como veneno. Lo que más vemos, por desgracia, es a quienes hacen ruido con sus rezos usando los libros sagrados y las tradiciones religiosas como justificativos de la opresión y la guerra, como base de propuestas políticas para construir sociedades de autoritarismo, segregación, revancha, exterminio, iniquidad, egoísmo y violencia, donde eso de alimentar al hambriento, dar de beber al sediento y recibir al forastero es una muestra de estupidez y debilidad que va en detrimento de la grandeza. Vemos a quienes usan las palabras sagradas para construir sus pedestales de barro y saliva, para hipnotizar a los pueblos y usar sus esperanzas y carencias como justificación del poder personal.
La búsqueda de Dios, especialmente cuando uno tiene una religión establecida, institucional, es un camino extraño, lleno de recovecos, culebrero. Pero de una cosa sí estoy seguro: si la fe no sirve para ser una mejor persona, si no sirve para cultivar la compasión y la justicia, si no ayuda a actuar y vivir correctamente, entonces no sirve de mucho. Si es solo un amuleto de buena suerte o un atributo más del ego, si no nos lleva a por lo menos hacer el intento de comprender y ayudar al otro, entonces la fe es un opiáceo, oraciones muertas.
Si Dios existe o no existe, si es cristiano, musulmán, judío, budista o zoroastriano, al final no importa. Lo que sí importa es lo que nos hacemos los unos a los otros.
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| El sermón de la montaña (Carl Bloch) |



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