La librería del barrio

Por azares algorítmicos me encontré con un estudio de la Cámara Colombiana del Libro sobre el panorama de las librerías en Colombia en 2023 (el estudio es de 2025, creo que es el último disponible). Analizaron 205 librerías, con una muestra detallada de 103 de ellas, y encontraron que tuvieron ventas por 430.132 millones de pesos. Las librerías pequeñas tienen apenas el 4,7% de esas ventas.

Yo comencé comprando los libros en librerías de viejo y ediciones piratas. No alcanzaba para más. A veces, en la universidad, cuando tenía que ir a la biblioteca Luis Ángel Arango, salía hacia la calle Diecinueve para coger la buseta y en el camino pasaba por los puestos callejeros que solían poner en el parque Santander o en la plazoleta del Rosario, donde había libros muy baratos: mil pesos, dos mil pesos, diez mil pesos, tres por cinco mil. A menudo me quedaba solo con lo del bus para volver a mi casa.

Ahora que milagrosamente logré superar la línea de pobreza, cuando compro libros mi primera opción siempre son las librerías independientes, las librerías pequeñas. Aunque debo confesar que he cometido el pecado de comprar en Buscalibre cuando es un libro difícil de encontrar, o es una promoción lo suficientemente ridícula como para que el libro sea más barato incluso trayéndolo de otro país, y también he comprado libros en la Panamericana, que no depende de eso para existir y prosperar, cuando quiero tener un libro busco en las librerías independientes.

Son muchas las quincenas que he dejado en esas librerías. Desde que trabajaba en el fondo editorial de la Universidad Pedagógica y descubrí Tornamesa, donde dejaba buena parte de mi exiguo salario de entonces, hace casi quince años, he elegido comprar los libros en ese tipo de librerías.

Luego he descubierto otras librerías independientes de Bogotá donde he podido vengarme de mi escasez juvenil comprando los libros que no podía permitirme en la universidad, solo fotocopiar, ejercer con vehemencia el tsundoku, y comprobar que Warren Zevon tenía razón cuando decía que compramos libros porque creemos estar comprando también el tiempo para leerlos. Librerías con menos músculo que la Librería Nacional o la Panamericana, pero con más fuerza. Librerías como Wilborada, Prólogo, Matorral, Míster Fox, San Librario, La Verbena Literaria y La Valija de Fuego.

La Valija, por ejemplo, se convirtió en un refugio, no solo por su postura política, y porque más de una vez he podido escampar ahí, sino porque tiene libros viejos y nuevos, me queda a dos cuadras de la casa (dicha cercanía geográfica no ha sido amable con mis finanzas ni con el pequeño apartamento donde vivo, ya con demasiados libros), el paradero del bus queda al frente y venden cerveza (como en Matorral y La Verbena Literaria). Una librería donde uno se puede sentar a tomar es alguna especie de paraíso.

Y por eso tenemos que comprar en las librerías pequeñas.

Foto: La Valija de Fuego

Aunque para uno sea un objeto venerable, un libro es una mercancía como cualquier otra y se puede comprar en cualquier parte; lo sé. Sin embargo, las librerías independientes nos dan algo más. Alguna vez le oí a Santiago Rivas en una entrevista que era importante crear comunidad a donde llegáramos. Eso hacen estas librerías. Suelen ser los emprendimientos quijotescos de personas verdaderamente enamoradas de los libros, firmes creyentes en sus poderes creadores, movilizadores, reconfortantes, inquietantes, curativos, y alrededor de los libros construyen iniciativas culturales y editoriales, negocios esperanzados, estrategias para vender más, sí, pero también para llevar los mundos y las ideas contenidos en las páginas a más gente, para convertirse en puntos de reunión y de encuentro donde quepan las discusiones y las carcajadas, la seriedad y la imaginación, la música y el silencio. Y si encima uno se puede emborrachar, todavía mejor.

Otro día hablamos de los precios de los libros, prohibitivos para gran parte de los colombianos. Ojalá hubiera formas de hacerlos más baratos sin perjudicar a los autores y a las librerías. Mientras tanto, si quiere y puede comprar libros, hágalo en una librería pequeña. Vaya a las charlas, a las presentaciones de libros, a los clubes de lectura, a las proyecciones de películas. Coma galletas y tortas, tome café, compre un paquete de papas. Beba cerveza y vino y viche.

Y lea.

Sirvienta leyendo en la biblioteca, Edouard John Menta
Biblioklept

«Es esencial comprar libros que no vayan a ser leídos enseguida. Al cabo de uno o dos años, o acaso de cinco, diez, veinte, treinta, cuarenta años, llegará el momento en que se sentirá la necesidad de leer precisamente ese libro -y tal vez lo encontraremos en un estante poco frecuentado de la propia biblioteca-. Mientras tanto, puede suceder que ese libro se haya vuelto irrepetible, y difícil de encontrar incluso en un anticuario, porque es de escaso valor comercial (ciertos libros de bolsillo parecen disolverse rápidamente en el aire) o incluso porque se ha vuelto una rareza y entonces vale mucho más. Lo importante es que ahora se pueda leer enseguida. Sin más búsquedas, sin la necesidad de buscarlo en una biblioteca. Operaciones laboriosas que cancelan la inspiración del momento.

Qué extraña sensación cuando se abre ese libro. Por un lado, la sospecha de haber anticipado, sin saberlo, la propia vida, como si un demonio sabio y malicioso hubiese pensado: "Un día te ocuparás de los Bogomilos, aunque por ahora no sepas casi nada de ellos." Por otra parte, un sentimiento de frustración, como si solo fuéramos capaces de reconocer aquello que tiene que ver con nosotros con gran retraso».
Roberto Calasso, Cómo ordenar una biblioteca

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