La recuperación cuatrienal de la infancia

Me compré un libro sobre fútbol.

Los héroes numerados, se llama. Lo acaba de publicar Juan Villoro. Aquí lo tengo junto a ¿En qué pensamos cuando pensamos en fútbol?, de Simon Critchley, y Salvajes y sentimentales, de Javier Marías.

Esos son los libros que, con el optimismo que no me caracteriza, espero alcanzar a leer durante el mundial, si no debo perder demasiado tiempo trabajando.

Pero ¿qué hago yo leyendo sobre fútbol? Nunca en mi vida me había sentido tan poco entusiasmado con un mundial, y eso es un poquito triste si uno lo piensa, porque desde niño la llegada de los mundiales siempre fue un motivo de alegría para mí.

Seguramente con el correr de los partidos me emocionaré aunque sea un poco, sobre todo con los partidos de Colombia (sufrimiento asegurado). Pero no pinta bien la Copa Mundial de la FIFA Estados Unidos 1936: equipos cuasivetados, árbitros deportados, jugadores acosados, camisetas censuradas. A la FIFA, que no se sonrojó dándole un premio de la paz a Donald Trump (ese hombre tan reacio a tirar bombas e invadir países), le pareció que la camiseta de la selección de Haití era demasiado política porque recordaba la Batalla de Vertières en 1803, decisiva para la independencia haitiana.

(Surgió la teoría de que la camiseta recordaba a los legionarios polacos que hicieron parte del ejército expedicionario enviado por Napoleón para aplastar la rebelión, pero que cambiaron de bando y decidieron unirse a los haitianos en su lucha por la libertad. Parece que no es cierto, pero, carajo, debería serlo).

Y todavía falta que Estados Unidos llegue lejos a punta de pito y las redadas de ICE en los alrededores de los estadios. De pronto terminamos también con un documental de tres pesos de Amazon, dirigido por algún aspirante a Leni Riefenstahl con ganas de emular Olympia en versión dorada Mar-a-Lago.

Me pregunto, entonces, por qué voy a leer sobre fútbol, y me respondo que es para ver si logro recobrar aunque sea una migaja del entusiasmo del pasado.

El entusiasmo del potrero, los amigos, los tenis destrozados, las manchas de pasto y de tierra en el uniforme, ser elegido para el equipo del colegio. Jugar a toda hora, incluso en Play Station.

O cuando podía echarme en una cama a ver todos —o casi— los partidos (gracias al patrocinio de mi hermana y su Directv), ya fuera porque estaba de vacaciones o porque estaba fracasando.

Cuando podía hablar durante horas o incluso escribir sobre el juego, sobre sus anécdotas, héroes, villanos y fantasmas, sobre la poesía de un deporte que es —¿era?— comunidad, identidad, historia y memoria, que se juega mejor cuando es solidario y a veces comparte fronteras con el arte.
Cuando un partido podía ser razón para la sinrazón. Lágrimas, putazos, gritos, manotazos en la mesa, rodillas en el suelo, manos en la cara, sufrimiento real con malestares físicos anexos. Saber más que el técnico.

A ver si los libros funcionan, si ayudan a olvidar por un instante la cara del fútbol moderno, el de las boletas al alcance de muy pocos presupuestos, los estadios llenos de narcisos pendientes del teléfono, los famosos desentendidos del juego, los influenciadores grabándose a sí mismos y las tribunas sin aliento.

Haywood Magee / Picture Post / Hulton Archive / Getty Images


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