Tres italianas
Venecia: el fin de la historia
Estos, sin embargo, son los últimos venecianos.
Lo cuenta bien en su novela Grand Hotel Europa un escritor cuyo nombre procedo a copiar y pegar porque tiene más efes y jotas que un Scrabble: Ilja Leonard Pfeijffer. La población de Venecia ha disminuido ostensiblemente en los últimos años y sigue disminuyendo porque vivir allí se ha vuelto demasiado caro y complicado.
Todo se convierte en Airbnb (locazione turistica, se lee en numerosas puertas), todo son boutiques, bares, restaurantes y tiendas de recuerdos, pero no hay dónde comprar lo del almuerzo.
Denise, la veneciana de quinta generación que fue la guía del tour, nos contaba que tenía un par de meses para encontrar apartamento porque se le terminaba el contrato: el dueño decidió convertirlo en Airbnb. Nos lo contaba cerca al Ponte delle Tette, o Puente de las Tetas, en el antiguo barrio de las prostitutas cercano al Rialto, el principal mercado de Venecia, donde se situó uno de los primeros bancos para servir a los comerciantes, hoy convertido en una osteria, por supuesto, y donde aún queda el mercado de pescados, moribundo y con cada vez menos puestos de venta porque no queda casi nadie para ir hasta allá a comprar.
Es encantadora Venecia, con sus paredes desconchadas, sus recovecos laberínticos y sus cientos de puentes. La Plaza de San Marcos es una de las cosas más hermosas que vi en mi vida y el Palacio Ducal es impresionante. Pero justo allí, donde la última decisión trascendental que tomó el Gran Consejo fue entregarle la ciudad a Napoleón Bonaparte, me di cuenta de que el fin de la historia flota en los canales venecianos.
La paradoja: millones de turistas van (¿invadimos?) a Venecia cada año para disfrutar del esplendor de su historia, de los rastros de esa República Veneciana que fue ejemplo de poder, gloria y riqueza incalculable, pero hoy es prácticamente un parque temático, un museo con menos y menos venecianos cada mes donde la historia se detuvo.
Porque la historia de una ciudad la hace la gente que allí vive, envejece y muere, la que crea recuerdos que viven entre las paredes de una casa por mucho tiempo y cuenta las anécdotas de los abuelos, que pelea con sus vecinos por nimiedades y seriedades, que se levanta a diario, ya sea con el corazón roto y el alma en el suelo pero aún así funciona, o con ganas de hacer cosas y fe en el porvenir, que se enamora y tiene hijos que sufren aprendiendo a dividir por tres cifras, que se divorcia y encuentra la forma de seguir viviendo, que piensa seriamente en el nombre de su mascota y a veces olvida regar las plantas, que sufre porque la plata no alcanza o compra algo innecesario para la casa, que pone un negocio con la esperanza de ahuyentar la pobreza o anhela que sus hijos vivan mejor, que escribe, pinta, esculpe, hace música y sigue creyendo en los poderes de la creación aunque la bolsa de valores pregone su inutilidad.
La historia de una ciudad la hacen los olores de la cocina y las recetas transmitidas entre el sonido de las ollas, los duelos por los seres queridos muertos y las tumbas en los cementerios, los guayabos atenuados con remedios caseros, los chismes, los ataques de risa, las formas de ayudar a quien la está pasando mal, las siestas, las excusas para no ir a trabajar, los pequeños y grandes trapicheos, las puñaladas nocturnas y el café de la casa, las declaraciones a de amor cursis y las rupturas enconadas, la ropa heredada por los hermanos mayores a los menores, los rituales y supersticiones remotos y familiares, los chistes internos y los secretos, los polvos extáticos, la vida que se manifiesta dura y compleja y feliz e incierta.
Todo eso se está esfumando en Venecia. Va quedando una ciudad muerta, hecha de fotos con filtro y el ubicuo e incesante sonido de las ruedas de las maletas.
***
P.D. 1: la muerte en Venecia son los precios del alojamiento. No cobran una libra de carne, pero casi.
P.D. 2: a Naciones Unidas le va a tocar crear una nueva categoría de desplazados: desplazados por el turismo.
Asís: ¿por qué está Jesús amarrado en la sacristía?
Cuando la vi de lejos me erizó la piel. Adentro, por primera vez en muchísimo tiempo, me arrodillé para rezar con los ojos aguados.
Era la Porciúncula, ahí, al alcance de la mano y la vista y el alma.
No, no volví al rebaño. Pero es que Dios no es cristiano. O no solo cristiano. Sí entendí mejor a Simone Weil: «En 1937 pasé en Asís dos días maravillosos. Allí, sola en la pequeña capilla románica del siglo XII de Santa María degli Angeli, incomparable maravilla de pureza, donde tan a menudo rezó san Francisco, algo más fuerte que yo me obligó, por vez primera en mi vida, a ponerme de rodillas».
Porque alrededor le construyeron Santa Maria degli Angeli: gigante, luminosa, imponente, hermosa y absolutamente contraria a lo que predicó Francisco de Asís: «Guárdense los hermanos de no aceptar en absoluto las iglesias, las sencillas moradas y cualquier otra construcción que se haga para ellos si no fueren conformes a la santa pobreza que hemos prometido en la regla, permaneciendo en ellas como huéspedes, forasteros y peregrinos», dejó escrito en su testamento.
Pero es muy diciente que lo conmovedor sea la pequeña capilla que Francisco construyó con sus manos.
Como si el mensaje y el ejemplo de humildad y compasión del hombre que se sintió llamado a reconstruir la casa de Dios fuera el indicado. Como si tuviéramos claro que Dios cabe en el corazón humano.
Esa debe ser la razón por la que todavía nos impresiona san Francisco.
En un mundo y una época donde triunfa una fe puramente performativa, una fe de palabras y aire caliente, a veces inútil, o demasiado a menudo utilizada para justificar la codicia y la estafa, la discriminación y la violencia, la crueldad y la ignorancia, la opresión del débil y el culto al fuerte, el ejemplo de Francisco de Asís tiene valor para guiarnos en las oscuridades por las que erramos.
Para cultivar el amor a la Tierra y sus criaturas en medio de la crisis climática. Para abrir el corazón y los brazos al diferente y tender puentes con el otro, con el extraño, con el extranjero, e intentar comprender y sembrar la concordia y la paz, justo cuando nos dicen que debemos marchar en los ejércitos de la aniquilación y el destripe. Para hacer de la compasión el núcleo de nuestra manera de vivir.
Pensaba en estas cosas a la sombra de un árbol, bajo un cielo sin nubes de un azul limpio e infinito, cerca de la basílica, y recordé El loco de Dios en el fin del mundo, el libro de Javier Cercas sobre el papa Francisco, que hablaba de una «Iglesia en salida», volcada hacia afuera, hacia las obras de la fe, y no encerrada en sí misma, en las comodidades de sus teologías mohosas e inertes. Una Iglesia que tiene a Jesús amarrado en la sacristía y olvidó sus palabras, su ejemplo, su acción, y por ahí derecho a sus fieles y a quienes la necesitan.
El Papacho, me di cuenta, no solo se puso el nombre de Francisco, también entendió su mensaje y su forma de vivir.
Porque Francisco de Asís, aunque a veces se retiraba en soledad, creía sobre todo en la prédica y en la práctica de la fe con los pobres, con los leprosos, con los rechazados y con quienes buscaban el consuelo de la religión. Respetaba la autoridad de la Iglesia y de la curia, pero dejó claro a sus hermanos que no se trataba de los honores y la pompa, de los cargos y las ventajas, sino de salir a los caminos y llegar a los pueblos, las aldeas y las ciudades a predicar el Evangelio, a inundar el mundo con el ejemplo de Jesús.
Si se trata de ser cristiano, me dije recordando a Cercas, no se necesitan curas ni pastores ni iglesias. Solo se necesita eso: el ejemplo de Jesús.
Y ni siquiera se trata de ser cristiano. Se trata de ser una persona decente.
Con los ojos en el cielo y los pies en la tierra, con la compasión como guía de la acción, se puede construir una fe que influya efectivamente en la realidad y contribuya de verdad a disminuir el sufrimiento.
Figuras como la de san Francisco le han servido muchas veces a las iglesias para lavarse la cara y engañarnos. Por eso es mejor no depender de ellas y, más bien, ir a las palabras, las acciones y los ejemplos verdaderos, a las vidas de aquellos que han sabido inspirar a la humanidad y llevarla a oír el llamado de las mejores partes de su naturaleza.
No nos vamos a volver santos, pero de pronto logramos hacer por lo menos una cosa justa y buena.
***
P.D: la Basílica de San Francisco es también antifranciscana, como dice Jacques Le Goff, pero la contemplación de los frescos del Giotto se parece a la trascendencia y es una forma de felicidad.
Nápoles: dos dioses
Dos dioses habitan Nápoles.
El primero es el Vesubio, dios terrible que la observa y esconde una amenaza en su silencio. Casi dos mil años atrás bramó y se cargó a Pompeya, a Herculano y a Plinio el Viejo, como contó su sobrino, Plinio el Joven, en una carta a Tácito.
Los mosaicos, los frescos, los utensilios de vidas antiguas, los esqueletos que parecen pedir auxilio, las calles empedradas y su bullicio sepultado, las fuentes encomendadas a los dioses, los grafitis y anuncios, los negocios y casas y oficios de antaño: como en los museos y sitios arqueológicos de Roma, Grecia y Egipto, en Herculano primero, en Pompeya después, y por último en el Museo Arqueológico en Nápoles, experimenté sobrecogimiento y éxtasis (un marchito historiador aún vive en mi corazón). Eso debe ser lo que siente la gente normal cuando le da la mano a un trabajador con el sueldo mínimo que se está cocinando dentro de un disfraz de Mickey Mouse en Disneylandia.
El segundo dios es D10S: Diego Armando Maradona Franco.
En Asís me pregunté si no era exagerado el culto por las reliquias de san Pacho: el sayo, el cordón de tres nudos, su tumba subterránea en la piedra. Pero estaba siendo hipócrita: si a mí me ponen en frente la camiseta o los guayos que tenía puestos Maradona cuando dejó regados para siempre a los ingleses en el Estadio Azteca en el 86, la reacción de la viejita frente a los restos del Poverello sería una muestra de compostura frente a lo que yo haría.
Omnipresente, como suelen ser los dioses, Maradona está por todas partes en Nápoles. Supongo que su muerte en 2020 le dio nuevos bríos a un culto nunca desaparecido, al amor por ese dios sucio (palabras de Eduardo Galeano o de Juan Villoro, ya no recuerdo) que siempre estuvo del lado de la gente, del de abajo; por ese zurdo imposible cuya magia derrotó a la Italia del norte, tan arrogante y racista, y vengó a los muchachos de las Malvinas.
Mucho se ha escrito y dicho sobre las razones de esta veneración. Y justo ahora que está por comenzar el que puede ser el peor mundial de fútbol de la historia, con su exceso de equipos y partidos, con sus gringuísimas pausas comerciales (perdón: con sus pausas de rehidratación), con sus jugadores vertebrados pero sin espina dorsal, tan obsecuentes y bien peinados, con voces solo audibles en los comerciales, tan dispuestos a ser sirvientes caros, me quedo con estas palabras de Javier López Alós:
«El fútbol de alta competición, camino de convertirse en una especialidad tecnocientífica, una vez fue otra cosa más parecida a las experiencias e ilusiones cotidianas de la gente. Hoy sigue importando ganar, pero disfrutar ya no es constitutivo de la práctica de lo que conviene empezar a llamar deporte neoliberal. Incluso cuando se vence, la celebración queda sujeta a las exigencias de un calendario que no da tregua. El genio argentino, con su goce en y del juego venía a representar la impugnación de todo eso. Que su carrera venga a coincidir en el tiempo con la implantación del nuevo modelo no es un dato menor, y mucho del fervor popular hacia su figura se explica por su condición de perfecto epítome de un fútbol de pasiones sencillas y lealtades colectivas que —es lo que su fallecimiento nos recordó también— dejó de existir.»
El fútbol hace tiempo que nos lo robaron. Nos quedan algunos héroes escasos. Y los dioses del pasado.


Comentarios
Publicar un comentario