El miedo a la pobreza te da energía, la meta la pones tú

Los jesuitas suelen hablar del discernimiento, una técnica de san Ignacio en los Ejercicios espirituales para tomar decisiones, para encontrar el camino correcto. Una de las cosas que pide el discernimiento es identificar si uno está tomando una decisión desde el miedo. Eso es un problema, porque casi todas mis decisiones las tomo desde el miedo. El miedo a la pobreza, concretamente. Que es pánico, en realidad.

Ese temor lo hace a uno aguantar situaciones que tal vez no debería aguantar, dedicar demasiado tiempo a labores sin importancia o claramente inútiles, quedarse en sitios agotados y agotadores, enfermarse por ir más allá de las propias fuerzas: el miedo a la pobreza te da energía, la meta la pones tú.

Ahora que la posibilidad de quedarme sin trabajo es bastante alta, pienso mucho en ese miedo. Por un lado, me ha convertido en un tipo sensato con la plata: a pesar de estar genética y trágicamente desentendido del lucro, he ahorrado y he invertido bien. Si me echan, no me moriría de hambre inmediatamente; de hecho, podría vivir un tiempo largo con mis ahorros. Eso me hace pensar a ratos que de pronto esta es una oportunidad para darme una especie de año sabático y dedicarme a hacer lo que más me gusta hacer, que es no hacer ni mierda. Hasta me emociono con la posibilidad.

Por otro lado, viene el terror de volver a como estaba antes, contando monedas y sin mayores perspectivas. Eso sumado a que estoy a punto de cumplir cuarenta años y tengo menos energía y esperanza que hace diez años. Muchas veces he querido irme, pero este trabajo literalmente me cambió la vida; no es fácil negociar con la incertidumbre de perderlo. No es fácil dejar de oír la voz que día y noche me dice que solo tuve suerte y voy a caer de nuevo en la pobreza, esa voz sorda ante los argumentos racionales, como la mayor experiencia, la hoja de vida mejorada o los nuevos contactos.

No se puede discernir con miedo y miedo es lo único que hay en este momento. Miedo a navegar de nuevo las familiares aguas del fracaso, a no tener la energía ni la inteligencia necesarias para volver a conseguir un trabajo bien pagado, a perder lo que he conseguido, a tener los bolsillos vacíos y por eso deber renunciar a ciertas cosas, sitios y personas, a mis debilidades y flaquezas, a mis incapacidades, a mi falta de ánimo, a las dificultades. A no ser capaz de vivir.

A ver qué nos traen los días por venir entre la inquietud, la falta de autoestima y el sufrimiento causado por el apego al dinero, ese dios fúnebre.



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