No hemos sido elegantes
Hacia el final de La Grazia, la película más reciente de Paolo Sorrentino, el presidente Mariano de Santis (interpretado por el siempre magnífico Toni Servillo) está despidiéndose de sus colaboradores en la Presidencia de la República Italiana. Último en la fila está un secretario del gobierno.
— No nos llevamos muy bien —le dice De Santis.
— Pero fuimos lo suficientemente inteligentes para mantenerlo entre nosotros —responde el secretario.
— No, no hemos sido inteligentes. Hemos sido elegantes —finaliza el ahora expresidente.
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No se trata aquí de hablar de mocasines sin medias, ni pantalones saltacharcos ni gorras mal puestas ni vestidos mal cortados ni exceso de dorado: suele caer uno en prejuicios clasistas, regionales o racistas. Ahí deberíamos quedarnos con el Bello Brummell: la elegancia es el arte de pasar desapercibido.
En la política sí importa la estética, así nos digan lo contrario. Pero no es esa la elegancia de la que hablamos.
Es la elegancia cada vez más escasa en la política. Si bien suele ser un oficio de rufianes, como la definió, con conocimiento de causa, el Barón de Cañabrava en La guerra del fin del mundo, la política se ha degradado aún más hasta convertirse en una de las peores ramas del espectáculo, una variante burda llena de juegos pirotécnicos y gritería, con políticos convertidos en animadores estridentes y grotescos, incapaces de formular una sola idea y aptos únicamente para recitar eslóganes, hacer chistes malos o justificar su venalidad con sofismas y agresividad.
En esta política ya no es posible conversar. O no en público: mientras la gente se insulta, las familias se rompen y los amigos se dejan de hablar, los políticos se sientan en sus clubes privados y sus fincas a tomar whisky, sus hijos nadan juntos en la piscina mientras ellos gobiernan y deciden lejos de los ojos y los oídos de los votantes. Más se ha decidido para Colombia en el Festival de la Leyenda Vallenata que en el Congreso de la República.
En público solo pelean. Dialogar con el adversario es señal de debilidad y hay unas barras bravas que votan y es necesario complacer. Queda, entonces, la vulgaridad de los epítetos y los trinos mal escritos o redactados con inteligencia artificial; los videos donde un día se sostiene una posición y al otro una totalmente contraria, sin sonrojo y con la biblioteca sin leer detrás (es importante fingir cultura); la desmesura de las acusaciones sin fundamento y los llamados a 'fumigar' al otro, a destriparlo, a hacer invivible la república; la paranoia, la grandilocuencia y la ridiculez; la deshonestidad intelectual y el doble rasero; el abuso de los símbolos o su apropiación interesada, el falseamiento de sus significados; las comparaciones absurdas y el saqueo de la historia.
Queda la falta de elegancia expresada en el desprecio por las formas. Las formas importan. No por complacer a doña Carmiña Villegas: porque ayudan al ejercicio racional del poder y en política son la antesala del contenido. Así dos políticos estén ubicados en antípodas ideológicas, deben ser capaces de trabajar en conjunto, aunque sea coyunturalmente, para hacer funcionar el Estado. Si son demócratas, pues. Si no, el país político siempre puede mandar al país nacional a ultrajar en las redes y a estirar la pata en las calles. El solio, la curul, el asiento en avión privado no se manchan.
No es solo que no estemos siendo elegantes, es que la política premia, cada día más, la falta de elegancia y de inteligencia, de sensatez y cordura. Si hay una actividad en el mundo donde se puede triunfar a pesar de la incompetencia, la mediocridad y la estupidez, esa es la política. Pero estamos llegando a límites francamente ridículos.



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