El cambio soy yo
El 4 de febrero de 2025 pasé de la decepción a la ira.
Ese día se televisó por primera vez el consejo de ministros, con la boba y engañosa justificación de la transparencia. Estaba preparando algo de comer (decirle ‘cocinar’ a lo que yo hago sería una exageración), cuando escuché a la vicepresidenta Márquez y a la ministra Muhamad increpando al presidente Petro.
Comenzó entonces un vergonzoso episodio de Ministros de Novela, donde Petro, con los argumentos más peregrinos y ridículos, justificó el nombramiento de Armando Benedetti y además comenzó una larga retahíla sobre el sancocho y los prostíbulos a los que iba Neruda, la diferencia entre cachacos y costeños, los árabes en Santa Marta, el amor, los afectos, la revolución, Santander y Bolívar, Cuba, inventó que los mayas llegaron a San Agustín y quién sabe cuántas cosas más que caben en las muchas horas donde se dedicó a oír su música favorita, la de su propia voz, y demostró ser un mal jefe y un peor líder, echando culpas sin la más mínima autocrítica, sin reflexionar sobre su papel en los incumplimientos y los errores, en los fracasos a la hora de gobernar.
La ira que sentí nacía, como suele hacerlo, de la tristeza. La tristeza por la oportunidad perdida, por ver a la izquierda empantanarse en los soliloquios de un hombre que no supo estar a la altura del momento histórico, más interesado en hablar y “poner a pensar” que en trabajar, en ganar las batallas retóricas —sobre todo en Twitter— que en poner manos a la obra para hacer realidad las promesas de cambio.
Es cierto que Gustavo Petro enfrentó la oposición casi unánime del establecimiento político, empresarial y periodístico de Colombia, una oposición a menudo desleal y virulenta, incursionando en terrenos personales o intrascendentes como no vi nunca que lo hicieran con otro presidente. Había que ver a J.P. Hernández creyendo que leer en el Congreso la lista del mercado de la Casa de Nariño es hacer oposición, o las constantes especulaciones sobre la sexualidad del presidente, o los cálculos sobre la gasolina gastada por el avión presidencial, o los chistes sobre si la vicepresidenta iba a ser interna o por días, o a Jaime Alberto Cabal, presidente de Fenalco, insinuando que las reformas —y por tanto el Gobierno elegido democráticamente— eran ilegítimas, o al impresentable Giovanni Celis (un tipo denunciado por acoso y que al parecer escondió pruebas sobre el asesinato de Dilan Cruz), de Red+, editorializando cada noticia para atacar ladinamente al Gobierno, o a Felipe Zuleta Lleras deseando que Trump bombardeara Colombia y sacara al presidente del palacio como sacaron a Maduro en Venezuela, y amenazando a los ‘zurdos’ para que se escondieran luego del 21 de junio con el triunfo de Abelardo de la Espriella. Un periodista amenaza a la mitad del electorado y no pasa nada.
Pero ya sabíamos que eso iba a suceder. Petro es un tipo del que mucha gente desconfía, y además venía a hacer un gobierno de cambios profundos, no cosméticos. Como en la Alcaldía de Bogotá, era obvia y esperable la oposición de los grandes poderes económicos y políticos y de sus amigos (y cónyuges) periodistas, de todos aquellos a quienes les conviene el estado actual de las cosas, la precariedad que levanta unicornios, los negocios y los puestos solo para los amigos, los derechos para quien pueda pagarlos, los deberes solo para los de abajo.
Por eso era tan necesario hacer un buen gobierno. Por eso no se podían cometer errores tontos, mucho menos tener casos de corrupción tan grandes y ofensivos. Por eso tocaba nombrar gente muy buena —no cónsules estafadores, ministros obsecuentes y directores acosadores— y sentarse a trabajar en orden y con dirección clara. Sí, es aburridora la prosa de los despachos frente a la épica de las plazas; gobernar requiere demasiadas reuniones y cuadros y tablas y números y conversaciones molestas. Pero hacer un país más justo necesita muchas ideas, trabajo y disciplina, más acciones y menos palabras; la mala poesía y la cursilería no rompen una inercia de siglos de injusticia y desigualdad, y el desorden es la mejor forma de lograr poco. Muy difícil cambiar un país si las reuniones para los temas importantes se aplazan, se aplazan, se aplazan y se cancelan; si los consejos de ministros no se usan para tomar decisiones y dar instrucciones claras, sino para largas divagaciones teóricas e históricas, para 'educar' a los ministros y para dar muestras vulgares de machismo, de racismo o de arrogancia.
No fue una horrible noche tampoco. Eso lo dicen quienes quieren hacer parecer salvadores a quienes no son más que corsarios.
El gobierno de Petro tuvo avances en la disminución de la pobreza y de la mortandad infantil, la restitución de tierras, la remuneración de los trabajadores con salario mínimo y los miembros de la Fuerza Pública, los subsidios para los viejos y los hogares pobres, el acceso a agua potable, la cobertura educativa. Tuvo éxito en darle voz y agencia en el gobierno a quienes siempre han sido olvidados: tener funcionarios negros, indígenas o campesinos puede parecer un saludo a la bandera, solo ‘tokenismo’ (madre mía, lo imbéciles que nos estamos volviendo para hablar), pero para muchos colombianos fue la primera experiencia real de sentirse incluidos en un gobierno nacional. Si las promesas se cumplieron es discutible, pero Petro fue exitoso en hacer sentir a la gente, a mucha gente, verdaderamente representada en el poder, la hizo sentir vista y escuchada, importante, digna. Por esa razón (y por el culto a la personalidad que ha sabido construir con la ayuda de tantas focas obnubiladas) sigue teniendo tanta popularidad.
Pero eso, por supuesto, no borra los errores. Demasiados errores, inmensos e indignantes.
Errores como la crisis del sistema de salud, que no es enteramente culpa de Petro, pero en su gobierno estalló y lo hizo, en buena medida, por su obstinación en la menos urgente de todas las reformas necesarias, y que además sirvió para romper la coalición de gobierno que había sacado adelante la reforma tributaria. Intervenciones fracasadas a las EPS, escasez de medicamentos y de citas, aumento del gasto de bolsillo para los pacientes, filas eternas. Si antes el sistema funcionaba mal, ahora está peor. Y el Fomag, prueba piloto de cómo debería funcionar la salud en Colombia según el Gobierno, es un desastre inapelable.
Errores como identificar a los empresarios como enemigos, llamarlos esclavistas y explotadores. No porque algunos no lo sean, sino porque, aunque el presidente estuviera pensando en los Sarmiento, los Ardila, los Santo Domingo, los Gilinski o los miembros de la ANDI, esos epítetos también les llegaron a los empresarios pequeñitos, pequeños y medianos, cuyos esfuerzos generan la medio bobada de alrededor del 80% del empleo en el país. ¿Qué puede sentir uno de esos empresarios, partiéndose el lomo a diario para mantener vivo su negocio y conservar a sus pocos empleados, cuando escucha al presidente de la República llamándolo ‘esclavista’?
Y está la que bien puede ser la principal metida de pata: la Paz Total. Mal concebida desde el comienzo, quizás su único acierto fue entender la naturaleza regional del conflicto en Colombia, las particularidades regionales de esa guerra que parece una sola, pero no lo es. De resto, todo mal: comenzar con ceses al fuego, anunciar uno un 31 de diciembre en la tarde sin aclarar mecanismos de verificación ni nada por el estilo (para luego ser desmentido por el ELN), ser lo suficientemente ingenuos como para creer que los traquetos van a renunciar a su poder y a sus fortunas fabulosas por amor a la patria, dar estatus político a simples criminales y reconocer a quienes ya habían tenido su oportunidad en el proceso con las FARC. Como resultado, los grupos armados organizados crecieron y se expandieron a más municipios, los enfrentamientos se recrudecieron, hubo más ataques contra civiles y, por ende, más confinamientos y desplazamientos, aumentó el secuestro y la extorsión, y la sensación general fue la de estar reviviendo los peores momentos de nuestra guerra interminable.
Todo esto luego de que Petro dijera en campaña que, si él era presidente, el ELN se desmovilizaba en tres meses.
El voluntarismo de un hombre inconstante
Si algo se interpuso entre Petro y los resultados fue su voluntarismo, la creencia de que su voluntad y su palabra bastan para que las cosas sucedan, los planes se hagan realidad. Ya le había pasado en la Alcaldía de Bogotá con el cambio en el modelo de basuras: en lugar de hacer un proceso ordenado y pragmático, sobre todo teniendo en cuenta que los dueños del negocio iban a hacer lo posible por sabotear el cambio, como en efecto lo hicieron, decidió hacerlo todo en un pestañeo y salió como el orto.
Así le pasó cientos de veces durante la presidencia. Por ejemplo, la manía de romper cosas sin tener con qué remplazarlas también le jugó una mala pasada con la transición energética, otra de sus iniciativas incompletas.
Por supuesto, nunca fue su culpa: siempre había alguien para echar por no leerle la mente. No se reunía con cada ministro o ministra, no hacía seguimiento a los temas, pero aún así las cosas debían suceder. Y varias sí sucedieron, gracias al trabajo de cientos de funcionarios que se pusieron a trabajar y no a divagar, a todas esas personas que —parafraseando a Borges—, ignorándose, están salvando el mundo. Porque hacer funcionar al país requiere largas horas y mirar la tablita de Excel, hacer las llamadas y las reuniones, articular oficinas, definir presupuestos y tiempos, enfocar esfuerzos, chulear las casillitas.
Obviamente, Petro no tiene tiempo siquiera para supervisar que eso esté sucediendo. Lo suyo es pensar grandes pensamientos, no esas labores pedestres. Y la realidad se transforma porque él dice y dio la orden.
Él no está para llegar temprano, como le toca a, digamos, el pueblo, que debe madrugar y no puede poner de excusa su ritmo circadiano o su reloj biológico para no estar a la hora obligada en el puesto de trabajo.
Él es el oficial del ejército de Bolívar. Es el último Aureliano (lo mal que Petro leyó Cien años de soledad es un caso de estudio. Identificarse como el último Aureliano en plan héroe es no haber entendido la tragedia del coronel, la inutilidad de sus 32 guerras civiles, la soledad causada por su soberbia. Leyó tan mal que ignoró a Úrsula Iguarán dándose cuenta de que «el coronel Aureliano Buendía no le había perdido el cariño a la familia a causa del endurecimiento de la guerra, como ella creía antes, sino que nunca había querido a nadie, ni siquiera a su esposa Remedios o a las incontables mujeres de una noche que pasaron por su vida, y mucho menos a sus hijos. Vislumbró que no había hecho tantas guerras por idealismo, como todo el mundo creía, ni había renunciado por cansancio a la victoria inminente, como todo el mundo creía, sino que había ganado y perdido por el mismo motivo, por pura y pecaminosa soberbia»).
Él es el único inteligente, el único que sabe, el único que lee. El más culto de todos, aunque le diga Agamenón al armagedón y se asombre como un paleto ante los videos hechos con inteligencia artificial, aunque su sesgo de confirmación sea tan pronunciado que lo lleve a difundir información falsa como un trumpista cualquiera.
Él es un artista. Un comunicador. Él está en sus trinos y especialmente en sus discursos, su más grande talento (hablar mierda), y en sus símbolos.
Como tragedia, como farsa, como poesía de cuarta
Marx escribió en El dieciocho de Brumario de Luis Bonaparte:
«Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su voluntad, bajo condiciones elegidas por ellos mismos, sino bajo condiciones directamente existentes, dadas y heredadas. La tradición de todas las generaciones muertas gravita como una pesadilla sobre el cerebro de los vivos. E incluso cuando parecen ocuparse de cambiar las cosas y a sí mismos, y crear lo que no estaba, precisamente en estas épocas de crisis revolucionaria invocan temerosamente a los espíritus del pasado para servirse de ellos, toman prestados sus nombres, sus consignas de batalla y sus trajes, para representar, engalanados con esta vestimenta venerable y con este lenguaje fiado, la nueva escena de la historia universal». (La cursiva es mía).
Un problema de Petro, y de la izquierda en general, es la entrega casi mística a los símbolos y las consignas del pasado. A mí me exaspera la repetidera del “¡no pasarán!” porque, bueno, como sabe cualquiera capaz de leer un libro de historia, sí pasaron. Y siguen pasando, porque en lugar de comprender las estrategias de la ultraderecha y el fascismo, hay demasiada gente de izquierda ocupada queriendo emular a los héroes del pasado, aspirando al martirio y por ahí derecho a una película de Spielberg donde se les equipare a la resistencia francesa, los maquis o los obreros de Chicago.
Simón Bolívar y su espada fueron protagonistas desde la posesión misma. Una espada, además, sin prueba cierta de haber pertenecido Bolívar, a diferencia de las otras cinco conocidas. Pero no importa: igual sirve para los golpes de opinión, las fantasías personales, los delirios históricos, y para momentos de inefable vergüenza ajena, como cuando Petro le dijo al New York Times que, ante la posibilidad de una invasión gringa (como en Venezuela) y un bombardeo al Palacio de Nariño, dormía junto a la espada del Libertador.
Adyacente a este despropósito estuvo la bandera de la Guerra a Muerte, uno de los momentos más sanguinarios de la lucha de Venezuela por su independencia. El presidente de la paz, del amor, de la esperanza, de la vida, decidió usar esta bandera en sus manifestaciones, llevarla en la muñeca, ponerla en el despacho y tratar de convencernos de que no era un símbolo violento, como si nadie en este país supiera algo de historia.
Así con la sotana de Camilo Torres, el sombrero de Carlos Pizarro, José Prudencio Padilla, José María Melo, Juan José Nieto, la cruz de tau, la vestimenta blanca, las mariposas amarillas. Entendámonos: claro que los símbolos son importantes en política. Sin embargo, Petro se queda a vivir ahí, en lo simbólico, en lo discursivo, donde está cómodo. Los símbolos le sirven para soliviantar y movilizar, pero no para gobernar.
Su sueño es un pueblo siempre en la calle. Él, que nunca tuvo un trabajo de verdad, que salió de leer y perorar en el M-19 a ocupar cargos públicos, la mayoría muy bien remunerados, cree que esto es posible. Pero la gente sí debe trabajar, debe cumplir horarios, debe preocuparse por la economía familiar (para Petro focalizar es neoliberal, como le dijo a Gustavo Bolívar en uno de los Ministros de Novela, pero cualquiera que deba mantener a flote una casa sabe que toca priorizar unos gastos sobre otros). El pueblo no puede dedicar todo su tiempo a protestar o a acompañar a un gobierno en cuanta concentración se le ocurra. No puede vivir solo de símbolos y arengas.
Por eso escogimos a un gobierno distinto, un gobierno de izquierda, el primero en la historia de Colombia: para que defendiera a los de abajo, defenderlos de verdad creando políticas públicas y programas sostenibles en el tiempo capaces de cambiar realmente la vida de la gente pobre, del pueblo trabajador, no solo dándoles banderas, consignas y palabras como ‘dignidad’, huecas si no se pueden apuntalar en la vida cotidiana.
A Petro, claro está, le basta hablar: al fin y al cabo, hablando llegó a la cima. Las palabras llenas de aire caliente le sirven para alimentar sus discursos mayúsculos y sus trinos hiperextensos y ofensivamente mal redactados (si de verdad escribió un libro, compadezco a la pobre criatura encargada de la corrección de estilo de ese texto). Con eso convence, y lo hace porque sus diagnósticos suelen ser acertados. Ser presidente servía para transitar del diagnóstico a la solución y ahí fue donde el cambio se varó: una cosa es analizar y criticar, otra es gobernar, y a Petro le quedó grande sentarse a trabajar, a ejecutar, a hacer realidad las promesas. Necesitábamos un presidente y obtuvimos un opositor con banda presidencial.
Prefirió seguir navegando las familiares aguas de la oposición y la protesta, para ser líder cuántico-universal de la resistencia. Se escudó en la parresía para seguir dedicando su tiempo a la retórica y no a la acción. Se regodeó en aparecer como un filósofo y un pensador, y se olvidó de que un presidente está para pensar, sí, para inspirar, también, pero sobre todo para hacer.
Hay muchas cosas valiosas en el discurso de Petro. Por ejemplo, su insistencia en el tema ambiental, aunque presente como propias las ideas de Andreas Malm y Kohei Saito, es absolutamente vital en este momento para la humanidad. Pero si solo sirve a su engrandecimiento, para hacerlo ver como “líder mundial” y salvador, no tiene mucho sentido. Es inútil proponer canjes de deuda por acción climática y planes Marshall ambientales, parar la exploración y la extracción de petróleo en Colombia, si la deforestación y la minería ilegal siguen disparadas, si se propone el turismo, industria depredadora como pocas, como fuente de ingresos alternativa a las exportaciones minero-energéticas.
Y así se fueron cuatro años donde la teoría fue más importante que la praxis, donde a problemas concretos se respondía con parrafadas sobre el deber ser de las cosas y no con soluciones precisas, como cuando a los estudiantes con créditos del Icetex agobiados por la tardanza en los desembolsos, o a los pacientes sin citas médicas o sin medicamentos, se les respondía con largas reflexiones de Twitter acerca de que la educación y la salud eran derechos, no negocios.
Cuatro años de un hombre empecinado en construirse su propio pedestal, no con obras tangibles, sino con palabras, algunas de una irritante cursilería, como lo de esparcir el virus de la vida por las estrellas del universo, o momentos de insoportable patetismo, como la disquisición sobre los árabes luego del atentado a Miguel Uribe Turbay, coronada con un salam aleikum con mano en el pecho y todo.
(Sé que al M-19 se le amnistió y tal, pero sí nos debe reparación y, sobre todo, no repetición, por la mala poesía. Y digo el M-19 porque Carlos Pizarro era otro: dizque «que la vida no sea asesinada en primavera». ¡Cuál primavera en este ecuatorial zancudero olvidado de Dios!).
Es fácil creer que uno está haciendo cosas por los demás, cuando realmente las está haciendo por uno mismo. Se perdió una oportunidad histórica por la eterna palabrería, por el desprecio hacia lo concreto, por el intento permanente de lucimiento intelectual, por la hybris de la que hace tanto nos advirtieron los griegos.
Le changement, c'est moi
Sobre la arrogancia y el orgullo hay que decir algo: todos los presidentes son arrogantes. Petro no fue el primero y no será el último. Se necesita ser por lo menos un poquito arrogante para creer que uno puede transformar a Colombia, limpiar el establo fétido y estridente donde nos tocó nacer.
Sin embargo, el orgullo de Petro fue otro palo en la rueda, uno importante para destruir las posibilidades de la izquierda de continuar en el poder.
Empezó, podríamos decir, con la sobrestimación de su victoria. Por un lado, el triunfo de la izquierda fue posible gracias a la pésima labor de Iván Duque, el hombre multimediocre, cuya presencia e incompetencia nos recordó los años noventa: joven como Gaviria, gordo como Samper y pendejo como Pastrana. En otras palabras, fue tan malo lo de Duque, que hizo posible que Petro, un hombre capaz de generar inmensas antipatías, fuera presidente de Colombia. Por otro lado, aunque ganó por apenas setecientos mil votos, Petro operó como si toda Colombia hubiera marcado su cara en el tarjetón. Así, sus reformas no eran suyas sino del pueblo, y por eso no admitían oposiciones ni modificaciones.
Eso terminaría en una de las peores ideas susurradas por su vanidad: buscar una Asamblea Nacional Constituyente. Esa tontería que nadie pedía ni necesitaba, excepto él en sus fantasías adánicas y providenciales, terminó por hundir la candidatura de Iván Cepeda, que ya tenía en contra la falta de carisma del candidato, la estúpida ocurrencia de no ir a debates, la decisión de predicarle al coro yendo a plazas llenas de la gente ya convencida, la negligencia de la campaña en redes sociales, el humo sin forma del “acuerdo nacional” y el creciente descontento contra el Gobierno. La única razón por la cual estuvo cerca de remontarse la diferencia de la primera vuelta fue la iniciativa de la gente, sobre todo de los jóvenes, que se echaron la campaña al hombro, porque a los tarados que la estaban dirigiendo solo se les ocurrió copiar los colores de las piezas gráficas de Zohran Mamdani para ser alcalde de Nueva York. Razón tenía Jorge Eliécer Gaitán: el pueblo es superior a sus dirigentes.
Recordemos también cuando el ego de Petro consideró necesario publicar una andanada de trinos a las tres de la mañana, para hablar de su decisión de devolver un avión gringo con deportados colombianos, porque venían encadenados y tratados como delincuentes. El presidente estaba defendiendo la dignidad de los compatriotas y denunciando la brutalidad con la que los estaban tratando, pero pudo haberlo hecho una vez estuvieran en suelo colombiano, libres de las esposas y las cadenas de los agentes del gobierno Epstein (así lo hizo Brasil, por ejemplo). Devolver el avión solo logró dejar a esos colombianos en manos de los gringos y sus malos tratos por un día más. La parresía retuiteada, la retórica vacía: los siguientes vuelos serían pagados por el Estado colombiano y los deportados vendrían en mejores condiciones, pero los pasajeros de ese primer vuelo fueron las víctimas sacrificiales de la obsesión de Petro por mostrarse rebelde y contestatario.
Nunca pudo salir de su rol de opositor; no entendió que era presidente. Y la gente pobre de este país necesitaba que lo entendiera. Lo necesitaba la clase media, que será arribista pero es trabajadora, y vio al presidente despreciar sus aspiraciones y deseos de progreso, tachándolos de ricos y derechistas, cuando no fachos, aunque en la clase media educada estuvieron muchos de sus votos; en el Chapinero que en su retórica encapsulaba lo decadente de la sociedad colombiana. Daría para preguntarse en cuál quintil de ingresos deja uno de ser pueblo.
Se fue el Gobierno del Cambio y parece haber dejado poco tras de sí, excepto el liderazgo incontestado de Gustavo Petro en la izquierda, lo que es una tragedia. «El cambio soy yo», parece decirnos. Pudo construir un proyecto duradero, pero prefirió los pedestales de barro y babas, la parálisis de lo etéreo y monumental sobre el avance de lo posible y lograble, la lealtad a la capacidad. Prefirió hacer lo posible por seguir siendo el líder interestelar de la oposición. Hasta dijo que será el jefe de los casi trece millones de votantes de Iván Cepeda. Un jefe con las mismas ideas, las mismas estrategias, los mismos errores.
Quienes somos de izquierda deberíamos estar detestando a Petro. En lugar de eso, hay gente diciéndole que lo vamos a necesitar en estos cuatro años. Como si él no fuera el principal culpable de la derrota.
En 2022, en una entrevista con El País de España antes de posesionarse como presidente, Petro dijo que si él fallaba vendrían las tinieblas a arrasar con todo.
Y aquí estamos.
A oscuras.



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