Hay un fusilado que vive

Piensa uno muchas cosas leyendo a Rodolfo Walsh en Operación Masacre.

Una, que Walsh era un hombre muy valiente. No cualquiera se atreve a investigar y publicar la verdad sobre una masacre perpetrada por el gobierno. Un gobierno de milicos, además. Una dictadura cívico-militar, para ser exactos.

También en la valentía de la gente común. En el hombre que se atreve a publicar la primera versión de la investigación de Walsh: «Así que ambulo por suburbios cada vez más remotos del periodismo, hasta que al fin recalo en un sótano de Leandro Alem donde se hace una hojita gremial, y encuentro un hombre que se anima. Temblando y sudando, porque él tampoco es un héroe de película, sino simplemente un hombre que se anima, y eso es más que un héroe de película». En las enfermeras que cuidan a Juan Carlos Livraga, uno de los fusilados, y resguardan la que llegará a ser prueba fundamental del crimen estatal: «Las enfermeras, arriesgando sus puestos —y acaso más: aún regía la ley marcial—, protegen al herido en todas las formas imaginables. Una llama por teléfono, clandestinamente, al padre de Juan Carlos y le dice que venga a verlo enseguida, porque está "descompuesto". Otra esconde sus ropas; sabe que Livraga dice la verdad y presume que el suéter perforado de bala en el brazo puede ser una prueba. Otra oculta el recibo de la Unidad Regional San Martín, que más tarde iba a servir de cabeza de proceso».

Gente común y corriente enfrentada a la vesania de un Estado terrorista y asesino, y aún así rescata su propia humanidad, actúa para sostener la verdad, para salvar una vida.

Otra: leyendo Operación Masacre, a uno le dan ganas de volver a creer en el periodismo y sus posibilidades. Luego ve a los periodistas colombianos citando a una joven de 20 años como autoridad en temas pensionales y se le pasa. Una joven cuya principal fuente de ingresos hasta no hace mucho era el Ratón Pérez, y no es una experta sino una activista que repite con ejemplar diligencia los talking points de los dueños de las administradoras de fondos de pensiones.

Y no olvidemos a la mayoría de medios de comunicación convertidos en pasivas cajas de resonancia de la propaganda producida por la Presidencia de la República. El Gobierno ha dicho que, en aras de la austeridad, recortará el gasto en publicidad oficial. Hace bien: para qué gastar esa plata si los medios lo están promocionando gratuitamente.

«El periodismo es libre o es una farsa, sin términos medios», escribió el propio Walsh.

La última: la aplanadora cultural gringa es una vaina tremenda. Operación Masacre se publicó en 1957, ocho años antes que A sangre fría. Sin embargo, a todos nos dicen que la novela de no ficción, esa forma de contar la realidad con los recursos de la literatura, nació con la obra de Truman Capote. Mala suerte para Walsh haber nacido en Argentina, en la periferia latinoamericana.

Secretaría de Cultura de Argentina

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