Producciones Papucho

¡Heil, ombe!

Cuando veo al —por desgracia— presidente de Colombia, pienso en el personaje dientón interpretado por Mark Ruffalo en Mickey 17 y, sobre todo, en el adulador que siempre lo acompaña y lo filma para crear sus videos de propaganda, pensando continuamente en formas de hacerlo parecer un hombre extraordinario, un enviado de Dios.

Hasta ahora, la principal fortaleza del presidente ha sido mostrar sus dotes actorales. Videos y videos, difundidos por los medios de comunicación con acrítica presteza, donde se le ve fingiendo autoridad gritando funcionarios (con un conveniente micrófono escondido en la camisa), o en alocuciones donde señala con el índice y bate enérgicamente la mano, con ese gesto que lo hace perder el hilo de lo que está leyendo y parece el movimiento para lanzar un trompo. Con pistola al cinto, hace puestas en escena ante criminales capturados y con todo el histrionismo mediocre de un héroe de acción ochentero les dice: ¡Bienvenido a la patria milagro!

Para despertar los aplausos de la tribuna, con voz templada increpa al alcalde de Sincelejo por ser corrupto (mientras las esposas de ambos están en una fiesta de moda en París); una voz inaudible cuando de los Char se trata. A la gobernadora de San Andrés y una representante a la Cámara también las encara, con bien iluminada y sonorizada vehemencia, por la corrupción en el departamento, pero con su bufete de abogados defendía hasta hace poco a un exgobernador del archipiélago acusado de extorsión e imputado por irregularidades en la contratación pública. Dejó de defenderlo, no por ética o moral, sino por una cuestión de honorarios.

Están construyendo un grosero culto a la personalidad. Lo peor es que esta vergonzosa producción cinematográfica está funcionando. Presentan resultados similares a los de gobiernos anteriores como si fueran extraordinarios (las más de treinta mil capturas, por ejemplo. Mientras tanto, la incautación de cocaína disminuye) y la gente se come el cuento. Ya los ve uno calificando al presidente de «genio», algo que cualquiera que lo haya conocido como estudiante o ejerciendo como abogado de narcos y paramilitares sabe que no es cierto. El inefable José Obdulio hablaba de Uribe como una «inteligencia superior», pero por lo menos ese sí era inteligente.

En ese mundo de noticias fabricadas está resultando muy útil la «batalla cultural», esa pelea contra enemigos imaginarios y hombres de paja, contra el wokismo (ni siquiera fueron capaces de inventar una palabra en español, hasta en eso les tienen sorbido el seso los gringos), que es todo y es nada.

La batalla cultural es donde pueden estar cómodos aquellos que no saben de economía, derecho, administración pública o historia siquiera. Por eso, ante los desafíos concretos de una sociedad compleja, responden atacando a las mujeres y hombres trans, o al lenguaje inclusivo. Como no tienen conocimientos profundos sobre nada, repiten términos como «globalismo» o «marxismo cultural» para parecer gente informada y perspicaz.

Dicen defender a los niños, pero apoyan a políticos pederastas. Afirman no tener ideología, pero es pura ideología la que los guía. Por ejemplo, las investigaciones de Virginia Gutiérrez de Pineda mostraron que no existe un solo modelo de familia; sin embargo, los soldaditos de la batalla cultural insisten en que solo hay una familia, basados únicamente en sus prejuicios.

Eso sí, es necesario tener claro esto: que sean mediocres no significa que no sean peligrosos. De brutos y mediocres estaban llenas las filas de camisas pardas, negras y azules nuevas de cara al sol. Peligrosos son la ministra chabacana, el soporífero Niño Poeta y la directora milagro de la Biblioteca Nacional que ignora quién era José Eustasio Rivera.

Como uno de los primeros actos de su batalla para refundar la patria y falsear la historia colombiana, el presidente decidió censurar una exposición en el Museo Nacional. Con la deshonestidad intelectual que caracteriza el debate y el ejercicio de la política en Colombia (y en el mundo, pero estamos hablando de este valle de lágrimas que ruedan al son de cumbiambas), afirmó que en el museo se estaba haciendo apología al terrorismo porque se exponía un afiche de campaña de Carlos Pizarro, un blanco fácil por ser exguerrillero, y encima de la misma guerrilla a la cual perteneció el expresidente Petro. Pero en la exposición había también afiches de Bernardo Jaramillo Ossa y Luis Carlos Galán, que jamás se levantaron en armas y también fueron asesinados en esas elecciones. Tres candidatos en una sola elección. Pocos países pueden hablar de algo así.

Retiraron el tarjetón electoral de la séptima papeleta. Poca cosa. Ni que fuera un documento sobre nuestra actual Constitución, producto de la movilización ciudadana y de un improbable acuerdo entre sectores políticos muy distintos, más propensos a matarse que a ponerse de acuerdo en un nuevo modelo de país.

Censuraron piezas sobre diversidad sexual, derechos de las mujeres, el conflicto armado, el proceso de paz con las FARC; todas esas cosas terribles que reconocen la existencia y la vida de otros seres humanos o la búsqueda de un país menos violento.

Sacaron 47 piezas del museo para «impedir que los espacios culturales sean captados por el socialcomunismo ateo y enemigo de los valores fundamentales sobre los cuales se erige la nación de Colombia» (más palabras hueras para fingir cultura). Volviendo a la deshonestidad intelectual: hicieron parecer que lo hacían porque estas piezas eran parte de la propaganda del gobierno anterior para imponer su ideología impía. Es mentira: las exposiciones censuradas hacían parte de un largo esfuerzo por transformar el Museo Nacional, un intento por incluir más dimensiones y protagonistas de nuestra historia. Un proceso iniciado en los años 90 con Elvira Cuervo de Jaramillo como directora del museo (señora divinamente, también fue ministra de Cultura de Uribe), adelantado por más de treinta años con distintos grupos curatoriales. En el caso de «Hacer sociedad», la sala más afectada por la censura, el guion museológico, como de 200 páginas, fue revisado y aprobado en el gobierno de Iván Duque.

Gente que rara vez va a museos, o solo va a tomarse fotos, y no tiene idea de cómo funcionan, está decidiendo sobre las exhibiciones del Museo Nacional. Se pregunta uno cuánto faltará para que empiecen a usar expresiones como «arte degenerado» para contraponerlo al arte «verdaderamente colombiano», y a prohibir libros en universidades y colegios. 

Es un espectáculo tras otro que nos mantiene entretenidos mientras se consolida un proyecto con claros tintes personalistas y autoritarios, y desvía la atención de temas como el dinero recaudado por la fundación de la primera dama, que con una cara como para partir panelas nos dice que no está en la obligación de rendir cuentas de lo hecho con esa plata.

Mientras tanto, los damnificados siguen esperando los subsidios y las ayudas cacareadas por el Gobierno nacional, y obtienen entregas simbólicas con llaves de cartón, más promesas sin fechas y a un presidente animador convirtiendo una demolición en una función circense, o matoneando a un alcalde por no reírse de sus baladronadas. Los gobiernos locales y el sector privado están poniendo la mayor parte de los recursos; el Gobierno nacional pone el espectáculo para maquillar sus respuestas insuficientes a la tragedia y su falta de planes concretos.

Incluso Pastrana, un insigne tarado, reaccionó más rápido luego del terremoto de 1999 con el Fondo para la Reconstrucción y Desarrollo Social del Eje Cafetero.

Por fortuna, seguiremos teniendo videos del presidente en las capturas de ladrones de relojes, o paseando entre cadáveres actuando como gerente satisfecho, en operaciones que, vaya logro, ya tienen sus propias denuncias de falsos positivos. Tendremos más alocuciones donde el presidente prometa becas para estudiar en entidades gratuitas, pueda escurrir el bulto a sus promesas de campaña y muestre el ego herido diciendo que no le importan las críticas. Nos seguirán alimentando con producciones cinematográficas que muevan emociones y sentimientos, inculcándonos el culto a la violencia y la crueldad, a la discriminación y la ignorancia, para convencer a los penúltimos de la sociedad de eliminar a los últimos, mientras el Gobierno se sigue llenando de inquisidores y gente con títulos falsos y hojas de vida infladas, de corruptos camanduleros y chupacirios gatilleros, los constructores de esa patria milagro donde la diferencia es maldad y el desacuerdo un crimen, y la realidad no está en la calle sino en las pantallas.

La función acaba de comenzar y el presidente influenciador está maquillado y listo. Aplaudan, ¿por qué no aplauden?

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