Hello, desempleo, my old friend
Aquí había escrito sobre el miedo a la pobreza y a volver al desempleo. Pues pasó: me renunciaron.
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Me echaron del trabajo, pero por lo menos tengo tiempo para leer y distraerme de la angustia.
El libro:
«Por primera vez en mi vida, comprendí que quedarse sin dinero era como vivir en un terrible y miserable infierno donde no había salvación posible. Aquella súbita revelación me llenó de angustia y tuve ganas de llorar, pero no podía. Abrumada por aquella sensación, que debía de ser la gravedad de la vida, me quedé tumbada mirando al techo, incapaz de realizar el menor movimiento, con el cuerpo agarrotado».
Es El declive, de Osamu Dazai.
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Me puse a revisar una convocatoria de la Procuraduría. Cientos de vacantes, la mayoría para abogados y contadores hasta donde alcancé a ver. Los requisitos de las que podrían ajustarse a mi perfil me revivieron una idea fija: no sé hacer nada.
El síndrome del impostor siempre está esperando para arruinarle a uno el día.
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Me sigo levantando a las cuatro de la mañana para ir al gimnasio a las cinco. El ejercicio es una de mis mejores herramientas contra la tristeza. Y, como dice mi tío abuelo Roberto, al hombre sin plata, la cama lo mata. Además, así uno desayuna y queda libre. Libre para ver películas, escribir, leer. O para contemplar el vacío. Depende el día.
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En tres madrugadas me he encontrado en la misma esquina con la que, presumo, es la misma rata. Hasta me pasó entre las piernas. Quizás debería ponerle nombre.
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Sorpresivamente, estoy durmiendo mejor. El cortisol estaba haciendo lo suyo, al parecer. A veces, incluso, hago una siesta.
¿Cuánta propaganda nos tuvimos que tragar para convencernos de que no dormir está bien?
Quien ha sufrido de insomnio sabe que no poder dormir es una reverenda porquería.
Siempre desconfíen de quien se vanagloria de dormir poco para trabajar mucho.
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No he arreglado la hoja de vida. La razón oficial de la procrastinación es que estoy esperando un certificado laboral. La verdad subyacente es que no tengo la menor idea de cómo describir atractivamente mi perfil.
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Ganarme el Baloto es un sueño diurno recurrente. Ojalá no fuera necesario volver a una oficina.
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Me siento bien haciendo nada. Esa es la verdad. Luego, por supuesto, me siento culpable por estar tranquilo y no correr inmediatamente a conseguir trabajo.
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Cuando logro mantener mi atención en el presente vivo en el mejor de los mundos: hay plata en la cuenta y no debo trabajar. Cuando pienso en el futuro, me tortura la ansiedad.
No voy a volver a conseguir un buen empleo.
No tengo espíritu emprendedor.
Estoy fracasando de nuevo. Voy de vuelta a la vida de la que salí hace años.
Me va a tocar trabajar en cualquier cosa por tres pesos.
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Me aterra que mi noción de mi valor como persona, como hombre, esté tan atada a la plata.
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Estoy cocinando. Los días de domicilios frecuentes y restaurantes se acabaron. Siempre como las mismas vainas, pero por lo menos ya me queda mejor el arroz.
Porque una vez, hace tiempo, un día de mi cumpleaños que estaba trabajando en la casa, preparé la que, sin duda alguna, es la peor olla de arroz de la historia humana. Afortunadamente, nadie más se vio obligado a comer eso.
Hasta ahora no me he intoxicado. Lo considero un triunfo.
La cocina no es lo mío. No me gusta. No me desestresa —más bien al contrario—. Pero no hay de otra: el palo no está para cucharas.
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La última vez que estuve desempleado todavía vivía donde mi abuela. El trabajo del que me echaron me permitió salir de la casa y dejar de ser una carga.
Ahora, en cuestiones de dinero, somos la espada, la pared y yo.


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